Sentir es lo que nos hace humanos. Carecer de sentimientos nos convierte en seres fríos y, en según qué casos, despiadados. Experimentar emociones es algo habitual. A lo largo del día, pasamos de una emoción a otra sin tregua. Gestionar estas emociones de forma adecuada es la mejor manera de evitar su impacto en nuestra salud mental, nuestras relaciones y, por supuesto, nuestro bienestar general.
Gestionar las emociones no quiere decir reprimir lo que sentimos. Al contrario, se trata de aprender a relacionarnos de forma saludable con ellas. La gestión emocional es algo que no se nos enseña y toca aprender. Hace referencia a la capacidad personal de reconocer, comprender y regular nuestras emociones, de manera que seamos capaces de responder ante las diferentes situaciones que nos plantea la vida, con mayor conciencia y control sobre ellas. Por lo que no implica eliminar las emociones negativas o que nos causen desagrado, sino que enseña a convivir con ellas, canalizándolas de manera que no sea destructiva o dañina.
Nuestras emociones viven en nosotros. En nuestro cuerpo. La percepción de los cambios fisiológicos que padece el cuerpo, constituyen la emoción. De eliminar estas sensaciones físicas, quedaría un pensamiento sin cualidad emocional. Dicho de otra manera, las emociones provocan una reacción en nuestro cuerpo, de otra manera, se trataría de algo abstracto y no emocional.
En relación con la inteligencia emocional, muy en boga en los últimos años, esta abarca la capacidad de reconocer, entender u manejar, tanto nuestras emociones personales como las de los demás. Se trata, por lo tanto, de una habilidad que hace posible que tomemos las relaciones interpersonales con empatía y eficacia. Mientras que la gestión emocional, se centra en la manera de regular y procesar nuestras propias emociones, a nivel interno. Para desarrollar una inteligencia emocional completa, es esencial integrar una buena gestión emocional.
Adentrándonos en la gestión emocional
Con objeto de conocer en profundidad todo lo relativo a la gestión emocional, hemos acudido a la profesional Soraya Sánchez Psicóloga, quien define la gestión emocional como una competencia central de todo ser humano. Esta competencia permite conocer, comprender y gestionar las emociones de manera adaptativa, lo que hace que sea necesario para el bienestar de las personas. La importancia de ser capaces de reconocer y modular los estados de ánimo, se refleja en los beneficios que proporciona.
Una buena gestión emocional hace posible que afrontemos los acontecimientos positivos y los retos que nos pone la vida, incluso cuando son desagradables o constituyen una fuente de conflicto. Permite que nos relacionemos de forma adecuada con los demás y que atravesemos las diferentes etapas de la vida, con las estrategias adecuadas.
De manera que la gestión emocional consiste en el conjunto de estrategias utilizadas para gestionar las emociones que sentimos en momentos concretos, como corresponde. Esto supone tener la capacidad de reconocer y diferenciar las diferentes emociones, aceptar nuestra experiencia emocional, tanto si es agradable como si no lo es. Utilizar las emociones como motor para alcanzar los objetivos, sean a nivel personal o dentro de una relación y, modular los aspectos modificables de las experiencias emocionales: intensidad, contenido y duración.
Una buena gestión emocional, conlleva tolerar la incomodidad emocional sin que exista la necesidad de recurrir de forma automática, a las conductas evitativas. Este punto es fundamental en los enfoques terapéuticos contemporáneos, como la Terapia Dialectico Conductual (DBT) o la de Aceptación y Compromiso (ACT).
Lógicamente, se trata de un proceso en el que se ven involucrados aspectos psicológicos y biológicos del cerebro. Comprender la manera de funcionar de los mecanismos cerebrales implicados, ayuda a tomar una mayor conciencia sobre las propias reacciones emocionales. En este sentido, existen dos estructuras cerebrales con un papel esencial:
- La amígdala, parte del cerebro que ejerce como centinela emocional, se activa automáticamente frente a los estímulos que percibimos como una amenaza, lo que puede desencadenar una respuesta emocional intensa como puede ser el miedo o la ira.
- La corteza prefrontal, zona que participa en la reflexión, la toma de decisiones y el autocontrol. Esta parte del cerebro, hace posible que analicemos las emociones, regulemos su intensidad y elijamos la manera de responder adaptándonos a la situación.
Cuando la primera responde con mucha intensidad y la segunda no consigue regular esa reacción, se puede producir lo que se denomina “secuestro emocional”: una reacción impulsiva y desproporcionada ante una emoción fuerte, lo que puede hacer que la gestión emocional resulte más difícil.
Tener conocimientos de estos procesos y mecanismos cerebrales, ayuda a que podamos entender que la gestión emocional, es una habilidad que se puede aprender, entrenar y mejorar. Lo que favorece una mejor colaboración entre las diferentes áreas cerebrales.
Aprendiendo a gestionar las emociones
Aprender es algo inherente al ser humano. Siempre se aprende algo. Da igual la edad que se tenga o la situación en la que se viva, no tenemos conocimiento absoluto, por lo que aprender es una virtud humana. Pensemos en un niño que llora porque ha perdido un juguete. Para que se calme y digiera esa tristeza, resulta indispensable que tenga cerca una referencia, es decir, un adulto que le enseñe.
El papel crucial que desempeña el adulto es vital. La capacidad del adulto para identificar el estado emocional del pequeño, procesarlo y regularlo para devolverlo con calma y de forma comprensible, es lo que hace que la figura de los padres, se configure como la primera fuente de regulación emocional. Los adultos no solo somos capaces de contener, también reflejamos la emocionalidad del niño, mostrando estados de ánimo que sean coherentes con el suyo. De manera que los pequeños empiezan a reconocerlos.
Ahora bien, como decíamos antes, la gestión emocional, se aprende y se mejora. Para regular y gestionar las emociones, disponemos de dos estrategias de regulación emocional: internas y externas.
Las primeras implican la capacidad de permanecer en contacto con la emoción que se siente y atravesar su curso fisiológico. De manera que se acepta la experiencia como una oportunidad de comprendernos y reconocer nuestras necesidades. En cuanto a las segundas, suponen la intervención de factores externos, con los que se modifica el estado emocional, como buscar objetos, las distracciones, ingerir sustancias, realizar actividades, etc.
Amabas estrategias son validad si se aplican de forma flexible, de no ser así, pueden darse dificultades, cuando se recurre a una estrategia rígida. Sobre todo si está orientada a evitar de forma sistemática una experiencia emocional considerada como difícil de expresar o manejar. Cuando sucede esto, los profesionales hablan de desregulación emocional, un patrón asociado con la ansiedad, la depresión, el trauma complejo, dificultad para controlar impulsos, etc.
A parte de las estrategias, existen diferentes técnicas encaminadas a fortalecer la gestión emocional en el día a día. Practicar estas técnicas regularmente, favorece la capacidad de afrontar situaciones complejas y mantener el equilibrio emocional deseado. Hacer uso de las estrategias de gestión emocional, se asocia a la reducción de la ansiedad.
Algunas de las técnicas que más aconsejan los profesionales son las siguientes:
- Pausa consciente. Esta técnica implica pararse unos segundos antes de responder a la emoción. En este breve momento se puede observar lo que sentimos y elegir la respuesta más conveniente a la situación.
- Etiquetado emocional. Consiste en ponerle nombre a la emoción que se experimenta, por ejemplo me siento frustrado o ansioso, lo que ayuda a que la intensidad disminuya y podamos comprender su origen.
- Ejercicios de respiración. Respirar lenta, profunda y pausadamente, activa el sistema nervioso parasimpático, favoreciendo la calma y facilitando la regulación.
Podemos añadir intervenciones de gestión emocional basadas en mindfulness, aplicadas durante cuatro semanas, mejoran de forma significativa el nivel de ansiedad, el estado de ánimo y la resiliencia. Integrar estas técnicas en una rutina diaria es fácil, no lleva mucho tiempo y se pueden adaptar a las necesidades particulares de cada persona.
Si en algo impacta directamente la gestión emocional, es en la forma en la que tomamos las decisiones y en cómo nos relacionamos con nuestro entorno. Cuando logramos identificar y regular nuestras emociones de forma adecuada, es más sencillo actuar de forma reflexiva y con mayor empatía.
En la toma de decisiones, sentir emociones intensas como el miedo o la ira, puede conducirnos a una respuesta impulsiva o a la defensiva. Ser capaces de gestionar este tipo de emociones, ayuda a que la situación se pueda analizar con objetividad, lo que permite optar por la opción que mejor se adapte a cada necesidad.
Dentro de las relaciones interpersonales, poder expresar lo que sentimos con asertividad y ser capaces de comprender las emociones de otras personas, hace más fácil la comunicación y ayuda a evitar conflictos.
En definitiva, aprender a gestionar nuestras emociones, es todo un proceso, por lo que puede ser necesario invertir tiempo, práctica y, en según qué casos, recurrir a un profesional. Todos tenemos la capacidad de desarrollar las herramientas necesarias, para poder afrontar los desafíos emocionales a los que estamos sometidos. Del mismo modo que hacer posible construir relaciones sanas y satisfactorias, alejadas de la frecuente toxicidad que las destruyen.
Una buena gestión emocional fortalece la resiliencia, permite sentir la emoción sin fusionarse con ella y facilita la comunicación efectiva y empática. Aprendamos y pongámosla en práctica.

